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On 3 abril, 2020

Jacques Tati, ton oncle

Jacques Tati, ton oncle

Una vez leí sobre Jacques Tati (Le Pecq, 1907) una definición que le venía como anillo al dedo: l’architecte du sourire (el arquitecto de sonrisas). Si algo representa la obra de Tati, seguramente uno de los mejores cómicos de la historia del cine, es, además de ese sentido del humor tan característico, la presencia de la arquitectura en sus cintas.

En Mon Oncle (1958), película en la que él es el actor principal (además de director, productor y guionista), y por la que ganó un Óscar a mejor película extranjera, la historia gira alrededor de un hogar ultramoderno (Villa Arpel). Viendo la fotografía, localizaciones o grafismos de este masterpiece, nadie puede tener ninguna duda de que Tati fue un adelantado a sus tiempos, y que, si hubiese sido contemporáneo nuestro, su perfil de Instagram, sería mi favorito.

Más allá de frivolidades, en Mon Oncle, Jacques construye una obra que mezcla lo tradicional, la manera de entender la ciudad, su entorno y su barrio, con el modernismo, en el que el París tech, queda en solo fachada, y que esa impresionante Villa en la que se centra la trama es solo un bloque de hormigón. Sin duda, hablamos de la película del siglo XX que, mejor una, ambos mundos: Cine y Arquitectura.

Tati, que venía de competir por el premio a mejor película en el Festival de Cannes (por su film más aclamado: Les vacances de M.Hulot) y de ganar un Óscar por su anteriormente mencionada cinta, presentaba su cuarto título: Playtime (1967). Una vez más, París, una vez más, localizaciones y planos, y una ciudad construida para la ocasión, la denominada Tativille. Una excelente dirección de fotografía, con un superlativo gusto por una limitada gama cromática (que lo convierte en santo y seña de esta obra).

Seis escenas, unidas por dos protagonistas (de nuevo, Jacques al mando), un aeropuerto, oficinas, apartamentos con paredes de cristal, exposiciones modernistas, el jardín real y la escena final, el carrusel de coches, en las que la deshumanización, y el actuar como autómatas en los centros de las grandes urbes, convierte el día a día en un laberinto. Tati, que quiso limitar su proyección a salas con máquinas de 70mm (obviando los 35mm), vio como su otra obra maestra, fue un fracaso comercial (no a nivel de crítica), dejándole en bancarrota.

La historia de Tati, parece haber tenido continuidad a lo largo de los años, desde Godard a Kitano, pasando por Fellini, se han declarado admiradores de él, y que, en algunos casos, tienen reflejo en su obra, como Tout va bien (Godard,1972). Un estilo único, un cineasta hecho a sí mismo, que sea un punto y seguido.

 

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